Alma mía, conoces la terrible forma de cobrar de los bancos. Hay momentos en que la circunstancias no  permiten corresponder al servicio que nos dieron. Que maravilloso sería escuchar de tus acreedores: “No me debes nada” Pues bien, muchas veces has dado a las otras personas un bien o un servicio pensando en que al menos lo agradecerían, que corresponderían de alguna manera tu aportación.

De una forma u otra esperas recibir alguna retribución y guardas ese pensamiento. Cuando tienes carencia de recursos o de cariño quisieras recibir un brillo de correspondencia de aquellas personas.

A lo mejor y no te valoran alma mía.

Te esmeras en dar y corregirlos, para mejorar su situación y recibes el desprecio. Tus obras son rechazadas. Tus sueños de aceptación, de cariño, de sentirte parte de algo importante, van desapareciendo. Te debilitas en el animo, te intoleras en los pensamientos, te rebelas ante el opresor.

Tratas de continuar apoyándolos y cada acción es una razón más para estar resentida. Guardas en tu corazón cada rechazo, los acumulas, te hierve la vida, te duele hacer.

Intentas nuevamente. Una y otra vez. Pero parece que no tiene valor lo que haces. No recibes lo que tú esperas. No te complacen, no ves armonía, ayuda, cariño, ternura o gratitud.

Aunque de sientes víctima pones buena cara. Las mentiras comienzan a corromper tus pensamientos, a anidar odio y desprecio. Te miras al espejo y descubres un rostro con mascara. Te ahogan los rencores acumulados. Nunca será suficiente lo que hagan para pagar tu entrega y tu dolor, el precio es cada vez más alto. Cada acción en que te rechazan, que no te aprecian, aumenta el hartazgo.

Tus palabras buscan cobrar. Tus acciones tienen interés de recuperarte. Te hundes más y más en tus obras que ya no son de bondad, ni buscan servir, ni tienen sueño, ni hambre de cariño. Ahora eres víctima de tu propio precio, de tu devaluación. Pero reconocerlo significaría perdonar la deuda y es tanto lo que te deben, lo que buscas recuperar, que le niegas a tu corazón, a tu alma, los llamados al perdón.

Cada vez es más grande la lápida que pones sobre tu vida, mueres en vida, asistes a tu imaginario funeral para mirar a tus deudores sufrir desesperados porque han perdido a un gran valor en sus vidas. Los miras llorando tu partida, te regocijas con su dolor, ríes porque te han perdido.

Miras como depositan flores en tu tumba y se alejan. Te miras paralizada, enterrada por tus resentimientos. En tu lápida inscriben la frase que tanto esperaste. Pero tus odios te paralizan y tratas de decirle al mundo que no te importa, que eres feliz. Al principio los muertos tienen voz en el recuerdo y poco a poco se acallan.

Algunos cariñosos piden por tu eterno descanso, por tu paz. Les gritas a todos que eres víctima. Tal vez recibes una flor, pero cada vez, con más claridad, piensan “pobre de ti”. Pobre porque no puedes cobrar la deuda que has creado. Tus deudores y tus amigos se conmiseran de ti.

La lápida te aprisiona y tratas de servir nuevamente, de que te valoren, te esmeras en dar y corregir para mejorar. Pero recibes el desprecio. Y comienzas una nueva cuenta, nuevos deudores, nuevos resentimientos. Le pones más lápidas a tu lápida. Eres víctima de ser victima. Te desprecias, te intoleras, te sumerges nuevamente en la tumba de tus resentimientos. Justificas tu odio en quienes no te valoraron. Le niegas a tu corazón, a tu alma los llamados a perdonar. Hasta que un día decides perdonar a tus deudores. Entonces miras como la lápida se comienza a deshacer y te comienzas a liberar de tus resentimientos que te aprisionan. Despiertas a la luz del Amor que inicialmente te inspiró para servir, para dar lo mejor de ti, para corregirte, para mejorar, para poner lo mejor de ti, para que, cada quien, saque lo mejor de sí y así resucitas a la vida. Perdonas a tus deudores y comienzas a encontrarte y a mirarte al espejo con el rostro del amor. Descubres, en quienes te rodean, el amor que las deudas ocultaban. Eres un amor, como cada persona que la vida te regala para que saques lo mejor de ti, aun en la adversidad. Ahora sabes que Amor y Perdón caminan juntos en la vida, inseparables hacia y en la plenitud. “Si algo te debo, me encantaría me perdonaras la deuda”.

En el perdón vives, un día a la vez, en Paz y en prosperidad del Amor.

Contempla

Para amar Mira a quien te ama: Cristo. Míralo en la cruz. Míralo como se consagra en cada misa para ser parte de tu vida. Mírate en él, porque eres valiosa, te ama. Él sabe lo que vales. Y mira a todos desde la cruz, desde la eucaristía y te pide que los ames porque sabe lo que valen y quiere que tú los valores. Sólo pregúntale a Cristo ¿cómo debes amar? pregúntale a su madre y date al menos 10 minutos diarios para escuchar la respuesta. Dales tus pasos y camina un día a la vez y deja que el Amor te guíe.

PD: Ojala tengan sugerencias para mejorar el área de pensamientos. Seguramente tienen grandes ideas que aportar a todos: Alma mía, tal vez sirvan algunos cambios para remodelar los pensamientos:

  • Pensar en “responsable” en lugar de “el culpable” que usan los jueces.
  • Encontrar “oportunidad” e intentar solucionar en lugar de problema.
  • Entregar la fortaleza al prójimo y las debilidades a Dios
  • Descubrir en la Soledad el espacio para dejarme guiar por el Señor.
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