Alma mía confía tu dolor y entregarlo en oración a nuestro Señor. Somos su familia, Él es el Padre Nuestro y con Cristo y el Espíritu Santo nunca nos ha abandonado. Siempre estamos en su Sagrado Corazón y espera el momento de iluminar nuestra mente, emociones, cuerpo y relaciones personales con la luz de su Espíritu Santo a través de nuestro espíritu.

Orar es platicar con el Maestro, Habla con tu corazón en la mano y dile de tus anhelos y dolores, tus penas y tus errores. Si quieres escríbele una carta y en el eco de tu conciencia sabrás que está presente. Escucha su voluntad. A diferencia del adversario que todo lo confunde y separa. El Señor nos mira con Amor y Misericordia y quiere la unión, la paz, el amor y la armonía brille sus hijos. Quiere que compartamos su Espíritu el uno en el otro.

Siente en tu espíritu los frutos del Amor, la Paz, Fidelidad, Paciencia, Amabilidad, Auto-control que el Espíritu Santo entrega a tu espíritu porque eres su hija amada. Por eso entrega tu espíritu al Señor y anímate. Al dar recibirás la presencia del Señor en esos frutos y verás el milagro de la oración, del dialogo, ¿acaso hay algo más importante para heredar a nuestros hijos que estos frutos?

Siembra y cultiva las semillas que el Señor ha encarnado en ti. Pide, medita, contempla y perdona. Busca estas semillas que también están en tu pareja, en tu familia… en tu prójimo. Tal vez se han ocultado entre rencores, resentimientos y temores. Su conciencia se ha llenado de basura, tizne y maleza y se ha perdido de vista la presencia del Señor. Nuestro Señor que se nombra ante Moisés “Yo Soy” y “Yo Soy” está en ustedes. La próxima vez que pienses o digas “Yo Soy” mírate como expresión viva y encarnada de su presencia. Espera el Milagro. la expresión del Amor de “Yo Soy” que está en el espacio que te abraza y tocando la puerta de tu conciencia.

Dios te bendice. Acúnate en sus brazos. Pide para que nos miremos acunados en su Amor.

Mira al Señor en el Evangelio según San Juan (8,21-30)

Jesús dijo a los fariseos:

“Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir”.

Los judíos se preguntaban: “¿Pensará matarse para decir: ‘Adonde yo voy, ustedes no pueden ir’?”.

Jesús continuó: “Ustedes son de aquí abajo, yo soy de lo alto. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo.

Por eso les he dicho: ‘Ustedes morirán en sus pecados’. Porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”.

Los judíos le preguntaron: “¿Quién eres tú?”. Jesús les respondió: “Esto es precisamente lo que les estoy diciendo desde el comienzo.

De ustedes, tengo mucho que decir, mucho que juzgar. Pero aquel que me envió es veraz, y lo que aprendí de él es lo que digo al mundo”.

Ellos no comprendieron que Jesús se refería al Padre.

Después les dijo: “Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy y que no hago nada por mí mismo, sino que digo lo que el Padre me enseñó.

El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada”.

Mientras hablaba así, muchos creyeron en él.

 

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