Un  momento difícil, doloroso. Se mira como un golpe terrible, devastador.”

Este duelo, hay que confiarlo al Señor. Entregarle al Señor para que nos guíe en este camino y llene a tu hermano del gozo de la luz perpetua y que descanse en Paz porque el Señor dice: “Talitá kum” (yo te lo ordeno, levántate).

Confiarle al Señor el duelo significa interceder por ti para que tu corazón descubra la paz de tu espíritu. Confiar al Señor a tu hermano es interceder para que su espíritu descanse en Paz. Que el espíritu de tu hermano y el tuyo descansen en la paz del Señor. La paz se descubre en el espíritu. Tu espíritu es la puerta al Amor del Señor, la puerta por donde su Espíritu Santo se comunica contigo, te comunica su Amor para que su Amor se exprese en ti. Eres su de Amor viva, eres su Amor encarnado y espera que recibas el gozo, consuelo y guía de su Espíritu Santo, se su misericordia. El Señor quiere que vivas la plenitud de su presencia, el cielo en tu corazón. Esto es posible porque tu espíritu recibe y entrega su Amor. El Amor del Padre Nuestro que está en los cielos, el Amor de Jesucristo que ha levantado a quien han muerto.

Pero ¿Qué es la muerte? La muerte es tan sólo un momento de transición del sueño temporal al despertar a la vida eterna. Y despertar puede ser tan lento como la agonía de una larga enfermedad o la sorpresa de un accidente. Tu hermano ha despertado con exabrupto a la vida eterna y tu conciencia descubre el exabrupto de la ausencia del espíritu en el cuerpo que tuvo tu hermano.

Las palabras no tienen razón para explicar este momento y los sentimientos, que nos mueven, se confunden ante el violento despertar. Tiene razón tu duelo y es desgarradora la emoción que vives, entonces ¿donde encontrar la paz?.

Si te traen un platillo muy sabroso ¿donde sientes el gusto? ¿en el platillo o e ti? Si te muestran un cuadro muy bello ¿donde sientes la belleza? ¿en el cuadro o en ti? Si te encuentras a una persona muy querida ¿donde sientes la alegría? ¿en la persona o en ti? De esta forma la paz está en ti y en tu hermano, está en su espíritu, está en tu espíritu. Al dejar el cuerpo las expresiones son del espíritu, entonces hay que usar el lenguaje del espíritu. Hay que descubrir el espíritu que siempre has tenido, que siempre tendrá tu hermano, donde vive y florece el Amor.

El duelo es porque miras lo que no está. Miras la ausencia en el cuerpo de tu hermano. Ahora, yo te pido que mires el Amor que hay en ti. El Amor que te alienta, consuela y guía. Ahí es donde tu espíritu se alimenta y crece al confiarse y transformar la vida. En tu espíritu es donde está la paz, el gozo, la paciencia, el auto-control, la amabilidad, la fidelidad… la Luz de la plenitud del cielo. Ese es el despertar de tu hermano, es el cielo a donde tu hermano fue llamado para cenar en la plenitud de la presencia del Señor. Es claro que muchas veces nos cuesta trabajo gozar del gozo de nuestro prójimo, sobre todo cuando deja su cuerpo tan repentinamente para despertar. Quien en Cristo muere en Cristo está, pues es la Resurrección y la vida. Tu hermano está en Cristo, en Cristo lo has de recibir y encontrar.

Tu Amor es lo que debe de guiar a la plenitud, de hecho rezar e interceder por tu hermano es decirle TE AMO, le compartes tu Amor y al sentir el Amor, descubre al Señor, porque Dios es Amor. Y le pedimos al Señor la luz perpetua y que descanse en PAZ en su presencia.

Cree en el Amor, es eterno, descansa en el Amor. Dios te bendice, acunate en sus brazos, espera el dulce reencuentro donde descubrirás el lenguaje del espíritu en el Amor y así sabrás de la presencia de tu Hermano. Tal vez pasen algunos meses, pero el Amor que los une los hará encontrar este nuevo dialogo. Tú en el cielo en la Tierra y tu hermano en el Cielo que nos tiene prometido el Señor.

Si quieres puedes tomarte unos días de retiro para descubrir plenamente tu espíritu, para desarrollar tu espiritualidad y descubrir la Paz del Señor.

La Paz del Señor sea en tu corazón. Así dice el Señor: “Talitá kum” (yo te lo ordeno, levántate). Tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad”

Mira el testimonio de la presencia de Cristo según San Marcos (5,21-43)

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar.

Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies,

rogándole con insistencia: “Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva”.

Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.

Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.

Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,

porque pensaba: “Con sólo tocar su manto quedaré curada”.

Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: “¿Quién tocó mi manto?”.

Sus discípulos le dijeron: “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?”.

Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.

Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: “Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”.

Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que creas”.

Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago,

fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba.

Al entrar, les dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”.

Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba.

La tomó de la mano y le dijo: “Talitá kum”, que significa: “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate”.

En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro,

y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer.

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