Un día, un vecino muy molesto se refirió a mí, diciéndome que yo no era nadie; además de compartirme una gran cantidad de insultos. Buscaba que yo reaccionara humillándome o bien enfrentándolo.

En ese momento decidí el silencio para hacer oración, preguntándole al Señor: ¿quién soy? ¿Quien me justifica? ¿quién me da la vida que tengo? Invoque al Padre Nuestro, invoque a la Santísima Virgen para que no reaccionara en contra de la voluntad del Señor.

Realmente, una parte de mí sentía que me hervía la sangre. Otra parte de mí, solamente contemplaba a un hombre que me entregaba una canasta de ofensas. Las amenazas del vecino llegaron hasta el nivel de pedirle a su hija que le trajeran la pistola. Mientras rezaba, miraba cuánto temor tenía esta persona que necesitaba, gritos e insultos para relacionarse conmigo. A tal extremo de amenazar con una pistola.

De pronto la oración dio sus frutos. Este hombre al ver que ni me humillaba, ni me enganchaba y que los vecinos salieron a mirar aquel evento. Así que decidió dar por terminada la plática y cerrar la puerta de su casa en mis narices.

Me gustaría decir que salí flotando de alegría, pero realmente es que sí estaba presente el enojo. Sabía que, en la medida en que yo no lo perdonara, sería esclavo de esa relación. Temor y rencor serían los hilos con que me amarraría.

El perdón me urgía, pues no quería ser esclavo de una persona a partir de mis juicios, de juzgar para justificar mi deseo de revancha o venganza.

¿Cómo afirmar quién soy en mi corazón?

Sé que quién me hizo, es quién sabe quién soy. Y Dios es mi creador y sabe que soy su criatura, su expresión de Amor.

Es importante el testimonio de las personas sobre “quién dicen que soy”, pero solamente es una referencia. Ningún jerarca, ningún gobernante, ningún influyente hace que sea más o menos, ni define quién soy yo.

Si la persona no mira la autoridad de la igualdad como ser humano, expresión del amor de Dios, tal vez nunca tenido la oportunidad de descubrir qué tanto él como yo y quienes están próximos a nosotros somos una expresión del amor de Dios. Somos Amor encarnado en esta tierra.

Este enojo tampoco me permitía mirarnos así, si dejara que continuara acumulando esta basura. Para deshacerme de esta tiznadera o basura, que no quería cargar ni como rencor ni como resentimiento; hacia oración. Un Ave María cada vez que venía este pensamiento a mi consciencia. Fueron muchas aves marías.

Unos días después volví a encontrar al vecino y ya estaba en sus cinco sentidos. Y le pregunté ¿qué era lo que quería conmigo? y volvió a repetirme “tú no eres nadie”. Mi respuesta fue que yo esperaba más y mejores cosas de las que me estaba compartiendo. Así es que cerró la puerta. Continúe mi camino meditando que una expresión del amor de Dios, esta presente puerta con puerta y puede convertirse en el enemigo. Pero en las enseñanzas de Jesús descubro que este enemigo hizo que hirviera en mí la debilidad del enojo y descansar en la paz de la oración. En otras ocasiones el enojo lo use para engancharme en relaciones de temor. Aprendí la lección de Invocar al Señor para no esclavizarme de quién te trae una canasta de ofensas ¿Quien eres? ¿quién te otorga autoridad?  le preguntan a Jesús

Evangelio según San Marcos 11,27-33.

Y llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se acercaron a él

y le dijeron: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio autoridad para hacerlo?”.

Jesús les respondió: “Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas.

Díganme: el bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?”.

Ellos se hacían este razonamiento: “Si contestamos: ‘Del cielo’, él nos dirá: ‘¿Por qué no creyeron en él?’.

¿Diremos entonces: “De los hombres’?”. Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: “No sabemos”. Y él les respondió: “Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas”.

Esto es palabra de Dios

Lo mismo ocurre cuando la gente piensa que eres nadie, porque la autoridad no viene de nosotros, viene desde nuestro creador. La autoridad es el amor que nos llena y que se expresa desde nosotros. El amor es el Espíritu Santo que expresa al padre nuestro encarnado en Jesucristo nuestro señor para llamarnos hijos.

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